Hace veinticuatro horas que estuve en el circo volador -para quien no lo conozca, es un bar enorme donde se juntan los darks y demás rechazados sociales, o eso es lo que quieren creer ellos- escuchando a una banda muy interesante, aunque algo contradictoria: Lacrimosa. No se puede describir la sensación de estar en una olla de fanatismo tan acérrimo como la que profesaban allí todos esos muchachos por sólo un par de personas, en verdad, había veces en que daba hasta miedo. Bueno, pero eso es otro tema, el concierto en sí mismo fue cosa muy distinta, no se me hizo el milagro de que tocaran muchas canciones viejas (de hecho no tocaron ninguna), pero las versiones que hicieron de las canciones nuevas fueron catárticas, como dirían uno que otro maestro de filosofía. Me hicieron revisarlas desde otro punto de vista, y discos que antes me parecían prescindibles o muy pretensiosos en sus coros, ahora me parecen rescatables siempre que se canten con espíritu, y eso es lo que hizo el señor Wolff en cada rola del concierto, sobre todo en Lichtgestalt, para mí, la que mejor le salió.
Ahora bien, no se me olvidan los "inconvenientes" que implica este tipo de música y este tipo de banda. Me refiero a su público, por supuesto. A mí personalmente se me hace impresionante ver en vivo la adoración de ídolos de carne y hueso considerados sagrados, yo pensaba que la sociedad maduraba con el tiempo, pero qué va, de los Beatles para acá, en estas cuestiones, se ha cambiado muy poco. No me malentiendan, yo no pienso que esto esté mal para nada, simplemente nunca creí que los fanatismos por una persona siguieran tan vivo, y es que, pensándolo seriamente, el hecho es que hay gente que realmente ama a Tilo Wolff! (o a Anne Nurmi, o a los dos). Me he convencido de que Wolff sabe manejar muy bien la imagen -o ideal- que las adolescentes gordas y con granos tienen de él, algo que lo hace parecer inalcanzable aunque en verdad no cueste mucho conocerlo. Para iniciar el concierto, colocaron una televisión en medio del escenario, y, mientras toda la banda empezaba a tocar, Wolff cantaba en la pantalla para aparecer en vivo segundos después. ¿Parece una tontería? Lo es, y no hay que tener miedo de decirlo, pero claro, los fans dirán que es la mejor idea desde los burritos mexicanos. Cuando cantaba, hacía unas cosas extrañas con sus manos, como si alguien le hubiera dicho que se veía muy cool dirigiendo a la banda con sus manitas blancuzcas, aunque de hecho no tuviera ni un pelo de gracia (creo que hasta yo me vería más estético haciéndolo). Estoy seguro, por otra parte, de que eso derretía a los miles de fans. Todo esto no es para quejarme ni nada por el estilo, creo que que Wolff se ha ganado el derecho a hacer todas esas cosas por su gran trabajo en los noventas, sin contar con que hace muy feliz a las susodichas gordas. Además, la música, que al final es lo que realmente importa, fue tocada soberbiamente, con unos errorcillos talvez por aquí y por allá, que se admiten en una banda que prefiere lo íntmo a lo prefabricado, lo natural (aunque feo, como dije) a lo ultraperfeccionado, en una banda que, finalmente, tiene una conexión real y antigua con su público, sea éste de la índole que sea. Después de todo, ¿no soy yo mismo una prueba de que Lacrimosa puede llegar hasta oídos lejanísimos? Los prejuicios se rompen en este punto, les apuesto mi cabeza a que ninguno de mis amigos se pondría a defender a una banda como Lacrimosa.
Saludos.
PD. Desde hoy detesto a las gordas con granos, toda vez que me quitan la baqueta del recuerdo en mis propias narices. Eso sí sería un recuerdo, no las estúpidas tazas que venden al salir del concierto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario